Forma parte de una de las familias controladoras de Falabella. Pero la hija mayor de Teresa Solari cuenta que han sido muchos años de buscar su propia ruta. De vencer una baja autoestima y dejar de sentirse una oveja negra. A sus 33 vivió un evento que la enfrentó a preguntas profundas. A partir de eso, reconoce, hay un antes y un después en su vida. Uno de esos cambios fue su dedicación a la conservación de la naturaleza a través de Filantropía Cortés Solari (FCS). Aquí, en su entrevista más íntima, explica todo este recorrido.
“Ahí se me distorsiona la vida”. Francisca Cortes Solari -integrante de una de las familias controladoras de Falabella, filántropa, cabeza de las fundaciones Meri y Caserta- pronuncia esa frase para referirse al momento exacto que ella ve como un punto de quiebre. Ocurrió cuando tenía 33 años, hace más de dos décadas. “Hasta entonces, yo no veía nada”, comenta.
La hija mayor de Teresa Solari está sentada en el escritorio de su casa en lo alto de Santiago. Está ahora aquí, pero divide su tiempo también entre Madrid, Miami y Uruguay.
Bebe café. Está rodeada de carpetas de trabajo de sus fundaciones, reunidas bajo Filantropía Cortés Solari (FCS) y enfocadas en la educación en contacto con la naturaleza, la conservación, el cuidado de las más de 16 mil hectáreas que tiene repartidas en tres reservas: San Pedro de Atacama, San José de Maipo y Melimoyu en la Patagonia.
A su alrededor hay también libros, flores naturales, un altar donde se ven pequeñas banderas con mantras tibetanos, una pintura hecha por su abuela, Eliana Falabella, quien -contará luego- fue muy gravitante en su vida. En el antebrazo derecho, Francisca tiene tatuada la flor de la vida, compuesta por 19 círculos idénticos, superpuestos y entrelazados, que simboliza la interconexión de todo en el universo.
Da pocas entrevistas y son para explicar su trabajo, que suma reconocimientos como ser la única latinoamericana nombrada Guardiana de la Naturaleza por la UICN. Pero esta mañana de julio, está animada con una conversación más personal. Recuerdos de infancia, una adolescencia con baja autoestima, la persistente búsqueda de una ruta propia en medio de una familia conocida, la superación, las preguntas. Y claro, ese punto de quiebre que le cambió todo. “Mi vida ha estado marcada por el desarrollo personal, por el trabajo conmigo misma. Es lo primero si quieres trabajar con otros”.
El pudor
– ¿Cómo era la relación con tus abuelos Alberto Solari y Eliana Falabella?, ¿qué recuerdos tienes?
– Mi abuelo murió joven, tengo pocos recuerdos. Yo iba a la Alameda y lo veía siempre trabajando en su oficina. Lo recuerdo como un hombre alto, muy guapo, muy caballero. Con esa mirada de los hombres buenos.
Sentía admiración por él. Era muy austero. Cambiaba los autos siempre del mismo color. Yo hice lo mismo en mi vida, mis autos son siempre grises. Mis abuelos estaban separados, y recuerdo que los martes nos juntábamos toda la familia a almorzar con mi abuela; comida italiana. Mi abuela fue mucho más protagonista en mi vida.
– ¿Por qué?
– Vivió más tiempo, murió en 1998. Además con mi abuela Eliana vivíamos al lado: estaba su casa, la de mi tía Icha (María Luisa Solari) y la de nosotros. Entonces iba a su casa de manera muy frecuente. Tengo muchos recuerdos. En su casa en Lo Beltrán tenía árboles frutales, ciruelos, damascos y naranjos. Una huerta con limones. Mi abuela pintaba, tenía un taller en su casa. Mira, ese cuadro que está detrás mío lo hizo mi abuela.
Entonces Francisca se da vuelta e indica un cuadro de grandes dimensiones, con una figura femenina central con rostro de venado y rodeada por otros animales. Se ve muy moderna para la época en que fue pintada. Y continúa: “Mi abuela era una mujer excéntrica, viajaba mucho, tenía amigos en todas partes del mundo. Jugaba pool, fumaba. Una mujeraza, potente. Muchos de los libros que tengo aquí eran de ella. Era culta, hablaba idiomas. Encontró su felicidad en una isla en la Polinesia; pasaba el tiempo entre Chile y allá, donde andaba sin zapatos, usaba túnica, se iba al mar. Nos invitaba a toda la familia. Cuando yo tenía 10 años mi abuela me llevaba a la Polinesia. Y de vuelta yo iba a un colegio Opus, imagínate los dos mundos en que estaba viviendo.
– ¿Cómo te llevabas con tus padres?
– Uno debe descubrir el camino que trae. Eso me hizo descubrir a mis abuelos, a mi padre, a mi madre. Y he hecho muchos pactos con ellos y tomé ciertos compromisos. Entonces hay cosas que de repente uno dice: “Lo traigo de mis ancestros”. Yo por ejemplo estudié Diseño de Vestuario, estuve a cargo de tiendas Benetton y Strelli, fue una época muy intensa. Trabajé en moda, igual que lo hizo mi ancestro que estudió sastrería en Italia y es el que se vino a Chile (Salvatore Falabella, abuelo de Eliana). Estuve en eso mucho tiempo, viajé haciendo colecciones.
– ¿Para Falabella?
– Trabajé como diseñadora en una empresa que era proveedora de Falabella, pero que también tenía sus propias tiendas independientes. Siempre en lo personal fui muy cuidadosa en eso. Cuando era pequeña me daba mucha vergüenza.
– ¿Qué te daba vergüenza?
– Me daba vergüenza que me identificaran como que yo venía de ahí (de la familia dueña de Falabella). Me producía pudor.
– ¿Por eso alguna vez dijiste: “Me costó asumir que venía de una familia con patrimonio”?
– Claro, y eso fue un trabajo; por eso me metí en el desarrollo personal. Tuve que sanarme mucho tiempo, sanar muchas cosas, para encontrarme a mí misma. Yo hice mi propia construcción, y eso fue lo que me diferenció a mí de los otros. Yo no me fusioné, yo hice mi propio yo, mi propia versión, mi propia Francisca. Contra viento y marea.
Oveja negra, oveja verde
– ¿Qué tan difícil fue encontrar esa ruta propia?
– Yo asumo esto en un tiempo que tengo súper claro, en que para mí fue un antes y un después en mi vida. Fue cuando tenía 33 años. Ahí fue mi despertar. Pasó algo específico. Tengo una relación con mi marido (Claudio Israel) hace 34, 35 años; y cuando lo conocí, él ya tenía cuatro hijos (juntos, tienen tres más). Y un día al mayor de ellos, Jeremías (destacado ex piloto de motociclismo), le diagnostican un cáncer al cerebro. Ahí se me distorsiona la vida. Me pega fuerte, y digo: “¿Qué es esto?… ayer estábamos viviendo una vida feliz y hoy estamos arruinados como familia”. Gracias a Dios todo se resolvió bien, pero ese momento a mí me hizo preguntarme cosas profundas: ¿por qué yo? ¿por qué Jeremías, de 17 años, tenía un tumor en la cabeza? ¿por qué yo había nacido en una familia que tenía dinero? ¿por qué otros lo habían hecho en familias vulnerables?… El primer paso de la transformación es cuando tú te empiezas a hacer esas preguntas existenciales, que ni siquiera la religión me podía contestar. Por eso digo que hay una Francisca antes y una Francisca después de eso.
– ¿Qué hizo esta nueva Francisca?
– Antes era una persona común y corriente. Pero de ahí para adelante nunca más lo fui, porque entré a preguntas vitales. Es como que se hubiera abierto un portal. Hice muchas cosas. El 2000 empecé a estudiar ontología del lenguaje con (Julio) Olalla. Estudiaba a (Rafael) Echeverría. Buscaba un desarrollo personal. Nutrirme, trabajar, estudiar, mirarme. Hice cuatro años con Daniel Taroppio. Estudié con la Rebeca Zúñiga, después con la Susana Bloch. Siempre estudié a Freud, leí a Ken Wilber.
– ¿Coincide esta búsqueda con tu aterrizaje en el mundo de la conservación, la filantropía, la naturaleza? ¿encontraste ahí una respuesta?
– Sí. Partió por una búsqueda personal. Y se fueron dando cosas. En 2002 hice un programa para adolescentes, Color Esperanza, que está todavía vigente. Me encantó enseñar. En el colegio a mí me iba pésimo, horrible, pero en ese programa me di cuenta de que yo sí tenía habilidades de comunicación, algo que no había visto los 33 años antes. Hasta entonces yo no veía nada. Era súper vergonzosa, no me podía parar arriba de un escenario, levantar el dedo para hacer una pregunta, me ponía roja como tomate, me trababa entera. O sea, para estar donde estoy, para hacer todo esto, hubo un entrenamiento de toda una vida. Hubo un trabajo personal de reconstruirme, de reconocerme, que fue trabajar mi autoestima para reconocer quién es ese personaje a construir. Desde los 33 en adelante fue la búsqueda de mí. Y ha sido el trabajo más hermoso que he hecho en mi vida.
– Como tú ya trabajas en niveles tan profundos, más profundo puedes llegar con el otro. Mientras yo no reconozca cuál es mi herida, la vulnerabilidad en uno mismo, jamás voy a poder trabajar desde la compasión con un otro. En ese programa de 2002 hacíamos salidas a la naturaleza, y era impactante lo que sucedía en el trabajo allí en comparación a una sala de clases. Así en 2003 nace la Fundación Caserta. En 2012, la Fundación Meri.
– Has dicho que, con el giro a la conservación, pasaste de oveja negra a oveja verde. ¿Realmente te considerabas una oveja negra?
– Lo digo porque desde chica era hiperquinética, tenía dislexia, como que las tenía todas. Si ibas a la sala de clases y mirabas a los alumnos, yo era una niña problema, no calzaba con el molde. Siempre estaba en la orilla.
El libro
– Si bien el punto de inflexión fue a los 33, es claro que tu búsqueda personal había empezado antes. Has dicho que siempre rompiste esquemas… de joven hasta corriste en Fórmula 4.
– Sí. Tienes razón en eso. Y volvemos ahí a los padres. Nací en una familia de deportistas de alto nivel. Mi mamá fue campeona corredora olímpica, campeona chilena de slalom. Salía a trotar, entrenaba. Después también representó la selección de Chile de golf. Mi papá corrió en la Sopesur (carreras de autos en los años ‘60 y ‘70), también en motoneta.
– ¿Lo pasaste bien como adolescente?
– En mi adolescencia a mí me costó encajar, integrarme. Mis 15, 16, 17 años no sé si lo pasé tan bien. Sí recuerdo que a los 18 años ya tenía la misma personalidad de ahora, acelerada. Mi hermano, un año y medio menor, era súper tranquilo. A mis 19, 20, 21 ya había tal vez como una rebeldía, que tiene que ver con una búsqueda de identidad y de querer desprenderte un poco de quién eres, de dónde vienes, de la historia que traes. Salir de ahí. Siempre me gustaron los autos y la velocidad, el esquí, entonces era extrema en todo eso. Me gustaba la adrenalina.
– ¿Te complica la exposición pública que tienes hoy?
– Al principio, mucho. Aunque no lo pareciera, yo era mucho más volcada hacia adentro. Pero en algún momento hubo una decisión de asumir la exposición pública. Te van a mirar bien, otros te van a mirar mal, las flechas llegan por todos lados. Pero también elijo dónde estar y dónde no; me cuido.
– Es que lo tengo… Llevo escribiéndolo hace muchos años. Encuentro que las cosas que me han pasado han sido tan increíbles, he vivido experiencias tan poderosas, como haber compartido con los pueblos originarios, haber hecho ceremonias con ellos. El primer intento de escritura fue cuando a Jeremías le pasó esto. Después vinieron varios otros intentos. En el relato voy recordando y voy contando. Lo que estoy haciendo ahora es dividirlo en muchos relatos pequeños.
Entonces Francisca abre su computador y lee algunos títulos de esos relatos breves: De Caserta a Chile, Mamá, Papá, La escuela, Mis 33, La esfera, Eventos extraños, Iniciación, El laberinto. “Se supone que debería estar listo en agosto”, dice. Y se gira a mirar una vez más el cuadro de su abuela que está a su espalda. “Me gustaría que fuera la portada del libro. A la pintura yo la llamo La mujer venado, fíjate en las ornamentas en la cabeza. Otros venados están abajo de ella. Es la sacerdotisa. El título del libro podría ir por ahí: La senda de la mujer venado”.
– Y que termina también ayudando a otros… Tus fundaciones buscan eso. – ¿No has pensado escribir un libro? Has acumulado historias…
Autor(es): POR PATRICIO DE LA PAZ – FOTO: VERÓNICA ORTÍZ
Fuente: Diario FInanciero




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