Desde 2002, la mayor de los hijos de Teresa Solari y parte de la tercera generación de la familia fundadora del Grupo Falabella, se alejó del retail para dedicarse 100% a la filantropía. Eso la ha llevado a tomar el peso de lo que representa en el mundo empresarial, pero también en el medioambiente.
Francisca Cortés Solari es parte de la tercera generación del grupo empresarial que lidera el retail en Chile y Latinoamérica. Sin embargo, la hija mayor de Teresa Solari ya hace un tiempo que se alejó del negocio que fundaron sus abuelos Alberto Solari y Eliana Falabella a partir de la sastrería familiar, para dedicarse por completo a la filantropía.
Estudió diseño de vestuario y durante muchos años se dedicó a la moda y retail. Estuvo a cargo de tiendas, creó colecciones de ropa y lideró equipos. “Fue una gran escuela de gestión pues aprendí a liderar, trabajar con presupuestos y levantar proyectos desde cero”, dice en entrevista con Forbes Chile.
Luego vino una segunda etapa de formación en la que profundizó en sus estudios de ontología del lenguaje, psicología transpersonal y distintas disciplinas vinculadas al desarrollo humano. “Con el tiempo me convertí en una persona muy estudiosa y esa formación terminó siendo la base del modelo educativo que desarrollamos posteriormente”, cuenta.
Desde el año 2002 se dedicó profesionalmente a la filantropía, primero en materia de educación y luego en conservación de biodiversidad. Y a pesar de que bajo el family office Inversiones Corso – propiedad en conjunto con su madre y hermano- conserva el 11% de Falabella, hoy lidera Filantropía Cortés Solari, que articula Fundación Caserta, Fundación MERI y tres Reservas Elementales en ecosistemas estratégicos de Chile: en San Pedro de Atacama, el Cajón del Maipo y la Patagonia. En estas más de dos décadas ha trabajado con más de 30.000 estudiantes y 10.000 docentes.
EL AMOR POR LA NATURALEZA
Cortés Solari comparte su tiempo entre Estados Unidos -porque dos de sus tres hijos viven allá- Madrid, Uruguay, y por supuesto, Chile, que es su “lugar preferido”, como ella misma afirma. Allí aprendió a amar la naturaleza desde muy pequeña.
“De niña era muy inquieta. Necesitaba observar, moverme y experimentar para aprender”, dice. “Con los años entendí que esto no era una particularidad mía, pues muchas personas necesitan experimentar para aprender“.
Cortés Solari relata que hubo un momento de su vida que la llevó a hacerse una pregunta: “¿Cuál es mi propósito en el mundo y cómo puedo aportar?”. Así, en 2002, surgió el programa Color Esperanza, enfocado en el desarrollo integral de adolescentes.
Color Esperanza fue la semilla de Fundación Caserta y de todo lo que vino después. “A partir de ahí dejé progresivamente el retail para dedicarme profesionalmente a la educación y, posteriormente, a la ciencia y la conservación. La naturaleza, los territorios, se transforman en aulas vivas”, resalta.
“Los programas de educación al aire libre nos llevaron a desarrollar, de manera natural, programas de conservación. Porque no tiene mucho sentido educar para el futuro si al mismo tiempo estamos degradando los ecosistemas de los cuales ese futuro depende”, agrega.
Luego nace Filantropía Cortés Solari, que se enfocó primero en educación, para posteriormente abarcar programas de ciencia y conservación. “Hoy contamos con tres Reservas Elementales que funcionan como laboratorios naturales para la conservación efectiva: Melimoyu, con más de 16.000 hectáreas de bosque nativo y siete kilómetros de borde costero; Likandes, en el Cajón del Maipo, que protege bosque esclerófilo; y Puribeter, en San Pedro de Atacama, en uno de los ecosistemas más áridos del planeta”, detalla.
Entre los proyectos exitosos de la fundación, destacan las investigaciones por más de 12 años de cetáceos en la Patagonia Norte, que permitió impulsar, junto al Ministerio del Medio Ambiente, The Blue BOAT Initiative, utilizando tecnología y monitoreo acústico para detectar ballenas y disminuir el riesgo de colisiones con embarcaciones.
CONSERVAR LA NATURALEZA ES NEGOCIO
Para Cortés Solari la sostenibilidad y la rentabilidad son perfectamente posibles. “El problema es que hasta la fecha no hemos valorizado los servicios ecosistémicos que nos entrega la naturaleza. Por ejemplo, junto a Ralph Chami, economista del FMI, desarrollamos un estudio que estima el valor de los servicios ecosistémicos de las ballenas azules en Chile en más de US$3.000 millones, del orden de US$4 millones por individuo. Si comenzamos a incorporar el valor de los servicios ecosistémicos que prestan los cetáceos—captura de carbono, biodiversidad, agua, regulación climática— cambia completamente la ecuación y se vuelve esencial evitar la colisión entre ballenas y embarcaciones”, especifica.
“La pregunta no es cuánto cuesta conservar la naturaleza, sino cuánto nos va a costar no conservarla”, sentencia. “Durante demasiado tiempo pensamos la naturaleza como algo que rodeaba a la economía. La naturaleza es la infraestructura que sostiene la economía. Agua, suelos, biodiversidad, polinización y regulación climática tienen un valor económico, aunque durante décadas no lo hayamos contabilizado correctamente”.
Por eso, subraya, no puede ver a la sostenibilidad como un área dentro de una empresa ni un capítulo de su memoria anual. “Tiene que ser parte del corazón de la toma de decisiones: qué producimos, cómo producimos, qué impactos generamos y qué dejamos instalado en los territorios“. Prioriza la colaboración entre el Estado, el sector empresarial y civil para poder lograrlo.
En este punto, reconoce que especialmente las nuevas generaciones están siendo cada vez más conscientes y tienen un gran interés por la trazabilidad de los productos, cómo fueron hechos y qué empresa hay detrás.
Pero a la vez que los consumidores están más informados, también se necesitan empresas responsables, políticas públicas, ciencia, financiamiento y educación.
“Y la brecha es real. América Latina alberga uno de los ecosistemas más importantes del mundo, a la vez que recibe la menor cantidad de inversiones en mitigación o adaptación de cambio climático.Por eso insisto tanto en la educación. Es muy difícil cuidar aquello que no conocemos“, añade.
Al preguntarle si siente un peso extra como ser humano en este planeta solo por su apellido y lo que representa en el mundo empresarial, responde: “Por supuesto. Soy consciente de mi origen y de las oportunidades que he tenido. Pero lo importante es qué haces con aquello que recibiste. Mi camino lo he construido trabajando. Llevo cerca de 25 años dedicada a la educación, la ciencia y la conservación, junto a equipos extraordinarios. Mi apellido forma parte de mi historia, naturalmente, pero lo que intento construir con él es mi responsabilidad”, finaliza.
*Esta entrevista será parte de un reportaje que será publicado en la próxima edición de nuestra revista.
Fuente: Forbes




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